Um turbilhão
Teócrito, quien, cuando nos presenta a las ninfas, enseguida las deñne deinaí, «terribles». Y de inmediato nos revela su esencia terrible en la historia de Hylas, uno de los primeros episodios en las aventuras de los Argonautas.
Cuando los héroes desembarcan en Quíos, Hylas, el encantador amante de Heracles, se aleja para buscar agua. Así, llega a una fuente en el preciso momento en que una ninfa está emergiendo, como si en soledad se repitiera con él la escena descrita por Catulo. La ninfa es arrollada por un deseo violento. Se acerca a Hylas cuando el joven está a punto de sacar agua. Le rodea el cuello con un brazo para besarlo en la boca. Pero su brazo derecho «lo empujaba hacia lo bajo y lo hacía hundirse en medio del remolino». Esta es la descripción de Apolonio, admirable en su ambigüedad.
(…)
La alusión de Teócrito es más que precisa: las ninfas en efecto, en su acción de raptoras, son asimiladas por antigua tradición, aún testimoniada en el folclore griego moderno, a un torbellino. Sin embargo, para que el episodio de Hylas se muestre en toda su crudeza, será preciso observar una pintura de Herculano. Aquí las ninfas son tres, alrededor de Hylas inmerso hasta la cadera. Y dos ejercen presión sobre su cabeza con las manos. El gesto es claro: no quieren abrazarlo, sino ahogarlo, sumergirlo en sus aguas como en un delirio sin retorno.
Roberto Calasso, la locura que viene de las ninfas
O riso de Diana
La divinité seule est bien-heureuse de son inutilité.
« Nunc tibi me posito visam velamine narres Si poteris narrare, licet?
Agora é-vos permitido dizer que fui vista sem a minha roupa?

Poder criador e metamorfoseador da palavra
Actéon foi devorado impedido de falar. Actéon é devorado como um híbrido, geme; mas não já como Homem nem ainda como cervo.
qu’ainsi les noms de Diane et d’Actéon restituent pour un instant leur sens caché aux arbres, au cerf altéré, à l’onde, miroir de l’impalpable nudité.Est-ce aux théologiens que nous demanderons si de toutes les théophanies qui se soient jamais produites, ilen est une plus déconcertante que celle où la divinité sepropose et se dérobe aux hommes sous les appas de lavierge éclatante et meurtrière ? Ou bien serait-ce plutôtaux mages, aux astrologues, aux accoucheuses, ou mieuxencore à d’illuminés cynégètes de nous interpréter sesemblèmes d’un genre si divers : arc, lune, chiens,torches, cerfs, robes de femmes enceintes, verges à flageller les éphèbes, épieux de chasse, fleurs des arbres sacrés ; nous diront-ils si la leçon d’autant de signes avant que d’incliner à certaines pratiques permettrait de saisir la théophanie dans ses attributs contradictoires: virginité et mort, nuit et lumière, chasteté et séduction.
Pierre Klossowski, Le bain de Diane.
